Y después de todo no quedó más que el vaho en los cristales, el vapor húmedo de la sublimación* del cuerpo y las huellas de sus curvas que se borran al estirar las sábanas.
Carmen no levanta más de metro treinta del suelo. Es una niña saladísima y tiene unos ojos azules preciosos. Es pequeña, pero más pequeño es su perro, es un perropatada en toda regla, le encanta tenerlo en el cuello… y echarle la bronca cada dos por tres porque no para de andarle con el pelo. Con razón, porque ella no para de hacerle perrerías.
Carmen sabe mucho de animales, sobre todo de caballos… su preferido es “Campanero” y ella misma les pone los nombres. Viene con su padre casi todos los fines de semana a cuidar de los animales. Ella no los cuida, pero habla un montón con ellos y se lo sabe todo… ¡todo!. Hoy me ha contado que tiene muchísimas ganas de conocer cómo saben los huevos que pone la mil flores… Hasta me ha tenido que explicar qué gallina era, inculta de mí que no sabía cuál, es la que tiene tres colores… blanca, negra y marrón, aunque ella no los viera; porque Carmen no ve.
A veces, me recuerda a mí de niña, me encantaba ayudar a mi padre en el campo, él segaba y yo le hacía los montones… aunque la mitad del tiempo me entretenía cogiendo mariquitas y haciendo perrerías a lo que fuera que encontrara.
¡Buena semana!
ITEM: Sí, siguen gustándome estas pedazo de pasteladas horteras.